Bosquejo de un poema del Cante Jondo
mi voz proyecta la pena y mi llanto brota manantiales.
Agua cristalina, frialdad mañanera, rescoldo de hoguera
tus carnes son mis amapolas, tu olor parque en primavera
mi deseo, tu deseo, mi carne, una cometa.
Al jardín de los besos rotos, juega la niña a la gallinita ciega
el ocaso de los años abre en mi vientre estrellas viejas.
Qué pena de sentimiento, que riego con mi cabeza
y la muerte, con clavellinas blancas, tarde inquieta
mi voz salta y brinca de arrebato, mocasines de charol en la plazuela.
y la muerte, con clavellinas blancas, tarde inquieta
mi voz salta y brinca de arrebato, mocasines de charol en la plazuela.
Pañuelitos de alelíes, la sangre y la daga, roja carmesí
los ruiseñores gordos, bailan a patita coja
que dolor de pena traicionera, la vida y la belleza.
Tardes de espesura y polvo, brisa de naranjos
el alma yace dormida como néctar de azahar en rama.
Las cinco, son las cinco en punto, ya no hay tarde
un tablao, unas gitanas, un gitano almidonado
bombillas con papel de rojo estaca
tacones de Chamberí o barrio la Viña, aplausos sordos levanta.
La unción que la llaga emana, el señor de los milagros
tiene tapada la cara, con los clavos barnizados, y tristeza en la mirada.
Baila la Zumaya, con bata larga de cola, y los gitanitos chicos
la miran como a una mora, rezan de hambre su arte, de faraona.
La camisa remangada con el ombligo en pepitoria,
mueven los duendes al rey, con sus trompetas de gloria.

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